Opinión | El hincha, un enamorado no correspondido

Pero, espere un poco… ¿Qué es hincha? Y, ¿por qué se le llama así? Bueno, permítame le explico.

Hace 138 años, para ser más exacto el 28 de abril 1882, nacía el primer “hincha” de la historia. Su nombre era Prudencio Miguel Reyes, adicto al fútbol, al mate, los asados con la familia, pero sobre todo a su Club Nacional de Montevideo. Oriundo de Uruguay, país conocido hoy en día por la tan famosa garra charrúa, ganador de dos copas mundiales y la primera selección en la historia a la que le anotaran un gol olímpico.

Siguiendo con la historia, Don Miguel fue contratado por el ya mencionado equipo de sus amores como uno de los utileros del club donde realizaba labores que eran las típicas: preparar las equitaciones, limpiar las botas, organizar uniformes después de ser lavados, pero sobre todo, el de inflar los balones, lo que en la jerga uruguaya seria “hinchar” por ese entonces de cuero y a puro pulmón.

Mientras cumplía con sus obligaciones, veía al amor de su vida. Lo curioso de todo esto, es que lo hacía mientras alentaba desgarrando sus cuerdas bucales casi a carne viva con su ya característico  “Viva Nacional”, sin importar que su garganta y pulmones estuvieran al tope de su capacidad. Con el pasar del tiempo, El Centenario de Montevideo fue testigo del inicio  del llamado  “hincha”, en un comienzo con burlas, pero luego con respeto. Don Miguel, el “hincha” balones de su amado Nacional.

Después de esta introducción usted me recriminará (si no ama al fútbol, obviamente), tanto alboroto por un loco sin educación que solo se le pasa por la mente la idea de ir a un estadio a reventar su voz, y no, es  mucho más que eso.

El hincha es aquel que se deja contagiar por una furia y éxtasis seductora que termina impregnado todo su cuerpo con un amor enfermizo que no tiene razón o explicación del por qué se sitúa en el corazón y en la cabeza. Aquel que cuando va a los templos del fútbol camina por pasillos que parecen eternos, que mientras para, él siempre es algo inolvidable para los ateos de esta pasión terminan siendo un trámite más.

En esta ocasión, permítame incluirme porque por más periodista que sea, también me corre sangre de un color que por mi simpatía y buen gusto hacia un club, es diferente al rojo. Somos…, más que unos locos por un “simple juego” como dirían algunos, somos los que creemos que hay tormentas con soles, esos que seguimos amando importándonos un carajo el resultado humillante o un gol en el último minuto, sin importar si se está en la B o en la A. Todo eso sin esperar nada a cambio.

Los que nos enamoramos a cada rato y deseamos amor, para que justo en ese momento, algún tramposo nos mate ese sentimiento provocando lágrimas al romper la portería donde ataja el cancerbero de nuestro equipo. Y a rabiar lo digo, soy ese del tatuaje tras las rejas cantando en la popular, el hijo de la madre soltera que se hace afuera de las concentraciones para adquirir una foto con su ídolo, el que se escapó a otra ciudad para ir de visitante sin importar el riesgo, al que le ronda en la cabeza la idea de empeñar sus electrodomésticos para su entrada al estadio. Ahí es cuando les digo a los pechos fríos: cómo no vas a volverte loco por unos colores o no te emocionas con la camiseta de tu equipo puesta, cómo no sentirte orgulloso por una pasión heredada por tu papá o abuelo. Se los digo con toda la sinceridad del caso, ser hincha es algo espectacular, no importa que vaya a suceder. El hincha no es aquel que está en las buenas, es ese loco adicto un escudo que ama y alienta en las peores. Es un amor que pocos entienden, el hincha estará siempre a pesar de que ese amor no sea correspondido.

Informe: @tatan14_cardona

@latactica1910

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